Los caminos de Chiapas

Chiapas es un mundo donde caben muchos mundos y donde cada día significa la posibilidad de un nuevo comienzo

viernes, agosto 18, 2006

Una Hojalata en el Cielo de Chiapas




Tapachula 20 de Octubre del 2005

Llegue al aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez a la 7 de la mañana, me subí en el helicóptero mas chiquito del Gobierno de Chiapas, al que le llaman Colibrí, con media tonelada de alimentos y destino a la sierra de Motozintla, azotada el Huracán Stan. Las propias condiciones de la montaña y los destrozos de las intensas lluvias hacen muy complicado el reparto de alimentos en esta zona.

Después de 25 minutos de vuelo, pasando la meseta de Santo Domingo, a la entrada de la zona montañosa el horizonte se nubla con una mezcla de nubes y bruma, el piloto pide instrucciones y le ordenan que baje en el municipio de Jaltenengo de la Paz; hace el intento pero las condiciones son igual de complicadas, y sin posibilidad de bajar, regresamos a Tuxtla con todo y víveres.

En el hangar me encontré al Secretario del Gobierno y le pedí que si se podía volar me mandara a Tapachula la ciudad más grande afectada por el huracán. Primero intente irme por una línea comercial, pero los vuelos estaban saturados. En eso estaba cuando me informan que hay un lugar en una avioneta Cesna que se dirige a Tapachula. Sin pensarlo pido que me lleven a la ciudad afectada.

Al llegar a la avioneta me di cuenta que nunca había visto un modelo tan viejo. Pero ya ahí, ni modo de decir algo. El piloto, un señor bonachón con una gran barriga, me señalo una agarradera de plástico hechiza y antigua, del lado superior del asiento del copiloto, para que me apoyara al subir, recorrí el asiento lo mas adelante que pude y en el de de atrás se subió un matrimonio tapachulteco. Me encogí lo más que pude, doblando las piernas para no aplastar por un error o descuido, alguno de los botones del enmohecido tablero.

El piloto viejo conocedor de la geografía chiapaneca y experimentado en manejar cacharros voladores, le daba vueltas y vueltas a una especie de manivela ubicada a un lado debajo de su asiento, medio que calibro los medidores del tablero, le pego a uno de ellos cuya aguja que se negaba a marcar y ya cuando se cercioro de todos los pendientes aeronáuticos, puso en marcha el motor, que arranco después de dos intentos. “No pasa nada” dijo satisfecho el piloto.

Con el motor en marcha, el piloto saco la cabeza y empezó a mirar su ubicación con respecto a la pista, agarro un microfonito chafa y lleno de polvo, para pedir permiso de despegar. Volvió a darle vueltas a la manivela, acelero todo lo que pudo y agarro el volante de la avioneta. De inmediato se da uno cuenta que la avionetita es una prolongación de la vida misma de piloto. Le responde como novia enamorada de esas que ya casi no hay.

Con el cielo encapotado, la Cesna subió, viro a la derecha y pasando por Chiapa de Corzo, encontramos la primera capa de nubes que conforme avanzaba hacia nosotros o al revés, el piloto subía la avioneta y pasamos encima de ellas. Entre Tuxtla y Tapachula, se encuentra la Sierra Madre de Chiapas, que de por si es muy alta, pero que en este caso con nubes por encima de la montaña, la avioneta tuvo que subir y subir quien sabe cuantos pies, para estar por encima de la capa de nubes, aunque por encima de nosotros había otra capa de nubes mas altas.

Abajo solo veíamos nubes y en medio de algunos claros se veían poblaciones, las cuales eran mencionadas por el ilustre chofer volador. Ahí esta Pijijiapan y adelantito esta Mapastepec. Por allá esta Acacoyagua y Acapetagua, después esta Escuintla y más allá vamos a pasar por Villa de Comaltitlan, Huixtla, Tuzantan y Huehuetan, en todos esos lado pegaron muy fuerte las lluvias, “la gente ha sufrido mucho” decía.

Cada detalle era aprovechado por nuestro chafirete intergaláctico para platicar y hacer más llevadero el viaje. “Mire arquitecto, esas nubecitas que vienen hacia nosotros parecen pequeñas, son parte de una baja presión, van a mover un poco la avioneta, pero no se apure no pasa nada” y en efecto las pinches nubecitas pasan y movían como papalote nuestro monomotor. Cada vez que podía se llevaba el microfonito a la boca y se ponía a malorear a sus amigos pilotos que volaban a esa hora ¿Donde andas Chilo? Pregunta y Chilo le contesta “Ando en el Suchiate, te recomiendo que cuando bajes en Tapachula, te avientes un sándwich de jamón y queso, porque en otro lugar va a estar difícil que encuentres que comer”, ¡Afirmativo, afirmativo! Contesta el piloto de la chatarra voladora

En un momento del viaje saque mi “Ipod”, o sea una aparatito que al que le caben un chingo de canciones y como buen valedor y pachuco del “Barrio de la Guadalupana”, de Torreón y Tijuano por adopción, escuche “Los Caminos de la Vida” con la Tropa Vallenata y el Triple Concierto para piano, violín y violoncello de Beethoven, surcando los cielos de Chiapas.

Al tiempo que escuchaba la música, pensamientos, emociones y recuerdos se acumulaban en la mente. De antemano se que mi aportación como la de muchos mexicanos en esta tragedia de algo servirá, no se cuanto pero algo haré, estoy seguro. El desastre ha sido peor que el del 98 en magnitud y extensión territorial, lo que significa que los pronósticos, no alcanzan para predecir en medio de un cambio climático que se presenta con nuevos paradigmas y variables antes no contempladas. Abajo hay una tragedia con muertos, damnificados y afectados con nombres y apellidos, donde como siempre los que sacan la peor parte son los pobres.

Ya casi estaba instalado en Tijuana, cuando de nuevo la tragedia o el destino me regresan a Chiapas. Tengo más preguntas que respuestas. Mi pesar por estar lejos de mi familia, sobre todo de mis hijos me lacera el alma. Recuerdos y más recuerdos de todos ellos tengo en mi mente y mi corazón, trabajo para que salgan adelante, aunque cada vez me pueda más su lejanía. Quiero verlos crecer, aprender con ellos, compartir sus preocupaciones, estudios y aspiraciones, aunque en ese momento me encontraba encima de una hojalata voladora. Si la vida me lo impidiera por alguna razón ajena a mi voluntad espero que tengan la capacidad de ser solidarios entre todos y con los demás. No tengo nada material que dejarles, solo lo que soy y he sido. Ojala que puedan ser mejores revolucionarios, artistas, científicos, deportistas o lo que mejor les parezca, pero felices por buscar y luchar por un mundo nuevo.

Bueno pero por ahora no vale la nostalgia, mejor me voy preparando para lo que viene, cruzando la cordillera de montañas, entre las nubes divisamos nuestro destino. “Póngase atento, hay bastante trafico de helicópteros en la zona” le avisan desde la torre de control y a su estilo el piloto empieza hacer los preparativos para el descenso, suelta el volante por un rato, toma una pluma para anotar en una libreta, le ayudo y le digo usted dígame que apunto, pero no suelte el volante. “no se apure mi arqui, no pasa nada” dice socarrón. De buena manera acepta y me dicta el número 1093 de un avión de la fuerza armada con el que le piden que se comunique en su frecuencia. La maniobra para aterrizar se ve retrasada por el despegue de una avión, damos una vuelta por el cielo nublado y al fin tomamos la pista y con un estilo singular, el piloto, mete y saca el volante rápidamente pero aterriza en forma impecable en medio de la pista y de inmediato se dirige a la zona de hangares, donde detiene la avioneta. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos, me dice “Capitán Orantes a su ordenes mi arqui”, y le contesto “muchas gracias por el raite y a sus ordenes también mi Capi”

Llegamos a Tapachula en medio de un fuerte aguacero, al aeropuerto donde en dos Hércules del Ejercito Mexicano bajaban víveres y medicamento. Tapachula es hermana de Tijuana, son las dos puntas de un mismo hilo, de un mismo país.

Lo más insoportable de toda tragedia es el sufrimiento de los niños. Es ahí donde la impotencia se vuelve rabia. ¿Donde estas Dios? Pregunte al cielo, cuando vi lo que vi en el rió Coatan.